Las industrias farmacéuticas en la actualidad son compañías transnacionales, regidas por las reglas de los mercados financieros, por lo que un factor limitante en el desarrollo de la farmacología es la tiranía de los intereses del capital, que buscan la rentabilidad máxima con la mínima inversión.

UN POCO DE HISTORIA

Hasta finales del siglo XIX, los medicamentos utilizados eran de origen natural. Con el desarrollo de la Química Orgánica, se estudiaron las estructuras químicas responsables de la acción de los medicamentos naturales, los llamados Principios Activos y comenzaron a sintetizarse de forma artificial. Había nacido la Farmacología.

La principal fuente de estudio de la Farmacología es el reino vegetal, aunque tan sólo con un 10% de las especies existentes utilizadas, así como la microbiota. También se emplean numerosas sustancias de origen mineral y algunas de origen animal. Las moléculas químicas activas de origen natural pueden modificarse en el laboratorio para aumentar su actividad terapéutica, incluso generar moléculas nuevas derivadas de una natural, con el fin de mejorar los resultados terapéuticos o minimizar los efectos secundarios.

En el desarrollo de estudios de laboratorio se han descubierto actividades nuevas, a veces por casualidad, a veces fármacos ignorados durante décadas, como el Paracetamol; la búsqueda de una mayor actividad terapéutica mediante semi-síntesis, ha dado lugar a “familias” de fármacos, que actúan sobre la misma afección pero con ligeras variaciones, en muchos casos disminuyendo los efectos secundarios con cada nuevo avance en la “familia”. Inicialmente, los estudios iban encaminados a mejorar actividad y disminuir efectos secundarios, pero en la actualidad, la política de patentes es la que impulsa las inversiones en investigación en gran medida. Ejemplos que sonarán familiares: las Estatinas (Lovastatina, Pravastatina, Simvastatina, Atorvastatina), o los antiácidos, Omeprazol, Lansoprazol, Pantoprazol, Rabeprazol. Cada nuevo miembro de la familia es más caro que el anterior, pero aporta pocas mejoras terapéuticas.

La producción industrial de medicamentos era muy limitada hasta la segunda mitad del siglo XX. Muchos de los medicamentos eran hechos “a medida”, prescritos por el médico y elaborados de forma “magistral” por los boticarios, depositarios de los saberes tradicionales y conocedores cualificados de los nuevos fármacos. Recordemos que la Penicilina fue descubierta por Fleming en 1928, por lo que la escasa producción industrial en esa época era debida, sobre todo, al poco desarrollo en investigación.

Las dos guerras mundiales, sobre todo la segunda, impulsaron la investigación, con inversiones importantes por parte de los Estados, que deseaban encontrar soluciones para las enfermedades de las tropas. El acceso libre a los medicamentos causó numerosos efectos adversos, por lo que pronto las Autoridades Sanitarias establecieron regulaciones que limitaban el uso y obligaban a la prescripción médica y a la supervisión farmacéutica en la mayoría de los casos. A partir de la década de los 50 del siglo pasado, las industrias farmacéuticas experimentan un gran desarrollo, con la aparición de nuevos fármacos esenciales, como los antibióticos de uso oral, los antihistamínicos, los anestésicos, los antiepilépticos, los diuréticos, etc. Desde el punto de vista sociológico, ciertos medicamentos han supuesto un hito, como es el caso de los antiepilépticos, los tratamientos para la depresión o la esquizofrenia y en especial los anticonceptivos hormonales, que permitieron desde las décadas de los 60 y 70 del siglo pasado, un aumento en la capacidad de las mujeres para controlar la natalidad.

Con el desarrollo de los nuevos medicamentos industriales, proliferaron graves efectos secundarios y se sufría una morbilidad inadmisible. Por todo ello, se desarrollaron protocolos de estudio terapéutico y clínico previos a la comercialización, con el fin de garantizar la seguridad de los medicamentos. Recordemos desastres como el de la Talidomida, escándalo destapado en 1962, que causó tanto dolor a tantas familias. Ese caso marcó un hito en la exigencia social hacia la seguridad de los fármacos. La década de 1960 a 1970 se caracterizó por un crecimiento exponencial del consumo de medicamentos industriales, y la vieja formulación magistral casi desapareció.

En España, la financiación por parte del Estado de buena parte de los medicamentos, obligó a establecer una compleja arquitectura del Sistema Sanitario: los farmacéuticos se constituían en agentes de financiación del sistema, anticipando el pago de los medicamentos financiados; a cambio, se reguló la apertura de nuevas farmacias y se estableció un margen de comercialización. De ese modo, el Estado resolvía el grave problema de la distribución de los medicamentos financiados, garantizaba una distribución homogénea de las oficinas de farmacia, merced a la regulación, y evitaba la gran inversión que suponía tener disponibles los medicamentos para la población las 24 horas del día, con la garantía adicional de una supervisión facultativa. Todo ello constituía un quid pro quo: los farmacéuticos no cobraban por sus servicios profesionales, ni por las guardias nocturnas, además soportaban la inversión necesaria, liberando al Sistema Sanitario de esa obligación, pero, a cambio, conseguían una seguridad para su inversión y una rentabilidad que, en esa época, era asimilable a la de cualquier otro profesional liberal o pequeño industrial. El boticario tradicional, conocedor de la ciencia de hacer medicamentos, se había transformado en el titular de una oficina de farmacia, con tantas obligaciones burocráticas y administrativas, que su labor sanitaria quedaba desdibujada, convertido más en un empresario que en un sanitario.

A partir de 1970, el astronómico aumento del consumo de medicamentos se tradujo en un aumento igual de espectacular en el tamaño y el poder financiero de la industria farmacéutica, especialmente la anglosajona. Es en ese momento, coincidiendo con la primera crisis del petróleo, cuando los gobiernos empiezan a presionar a la industria para que baje el precio de los medicamentos. Según la lógica empresarial, esa exigencia no se podía conseguir a cambio de nada. Es cuando surge el sistema de patentes, desarrollado para salvaguardar las inversiones de una industria ya financiarizada. Se había pasado de un tipo de industria profesional a una industria regida únicamente por los intereses del mercado. A partir de 1980 empiezan a aparecer los medicamentos genéricos y se desarrolla el concepto de medicamentos huérfanos. El desarrollo tecnológico favorece el uso de nuevas técnicas de investigación, de estudios clínicos y de controles de calidad. Los controles antes de comercializar nuevos medicamentos son cada vez mayores y más costosos. Comienzan los recortes en materia sanitaria por parte de los Estados a mediados de la década de los 80, dentro del marco de deterioro del mal llamado estado de bienestar, tras la caída del muro de Berlín. Todo ello ha incidido de forma negativa en el desarrollo de nuevos fármacos. La ralentización mundial de la economía, en franca decadencia, ha alcanzado también a esta industria, que realiza sus inversiones sólo cuando tiene buenas perspectivas de negocio, abandonando líneas de investigación poco seguras.

A pesar de esa ralentización de la que hablamos, según la agencia Bloomberg, la industria farmacéutica es la cuarta por volumen de negocio a nivel mundial, por detrás de tecnológicas, finanzas y empresas de consumo, y por delante de energía, telecomunicaciones y el sector automovilístico. Las mayores empresas farmacéuticas suelen tener detrás una serie de productos estrella que les reportan grandes beneficios mientras dure la patente. Es el caso de la antes pequeña Gilead, primera biotecnológica en entrar en el grupo de las diez grandes, gracias a su producto estrella Sovaldi, muy conocido en España por ser el tratamiento para la hepatitis C, con toda la polémica en torno a su financiación por el SNS.

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Facturación de los principales laboratorios farmacéuticos en 2014

CÓMO SE HA LLEGADO A LA SITUACIÓN ACTUAL:

Si bien la mayoría de los laboratorios farmacéuticos fueron fundados por profesionales químicos, farmacéuticos y médicos, y tenían carácter muchas veces familiar, el gran desarrollo del sector a partir de 1950 desvirtuó ese carácter profesional y llevó al sector a financiarizarse y cambiar el paradigma sanitario inicial por el de rentabilidad financiera. En su origen eran empresas alemanas, británicas y estadounidenses en su mayoría, con alguna francesa, suiza o italiana. La mayor parte de las industrias farmacéuticas en la actualidad son compañías transnacionales, regidas por las reglas de los mercados financieros, por lo que un factor limitante en el desarrollo de la farmacología es la tiranía de los intereses del capital, que buscan la rentabilidad máxima con la mínima inversión. Las Administraciones Públicas se mueven entre las presiones de los lobbys del sector y la exigencia social en cuanto a seguridad y ética. Al igual que otros sectores motores de la economía capitalista, la industria farmacéutica es capaz de aprovechar las grietas del sistema para extraer mayores beneficios. De ese modo, la mayor parte de las moléculas patentadas en los últimos veinte años y aprobadas por la FDA, no aportan novedades terapéuticas, sino sólo pequeñas ventajas que no justifican las inversiones millonarias en I+D. Se trata, en la mayoría de los casos, de un modo de sortear la pérdida de mercado cuando las patentes de la molécula original quedan libres.

La industria farmacéutica estima que la inversión necesaria para sacar al mercado un nuevo fármaco ronda los 800 millones de dólares. Según indican fuentes del sector, esto es debido a que los estudios clínicos exigidos para establecer la seguridad e idoneidad terapéutica de una nueva molécula son cada vez más largos y requieren mayor inversión tecnológica. Sin embargo, la industria farmacéutica no realiza esa inversión en su totalidad, sino que una parte está sufragada por las Administraciones Públicas (entre un 60 y un 80% según fuentes y países). Además, la mayor parte del gasto se deriva, no de la inversión en I+D, sino en estudios de mercado, de márketing en general: redes de ventas, estudios de posicionamiento, análisis de los competidores, distribución, promociones, publicidad y gastos administrativos para mantener esa compleja trama comercial, incluidos salarios astronómicos para sus ejecutivos.

Nos movemos en un doble ámbito: por un lado, el derecho universal a tener acceso a los recursos sanitarios, sabiendo que los medicamentos son un recurso sanitario, y por otro, las leyes de mercado que rigen el sistema capitalista, que limitan el acceso universal a los medicamentos, aduciendo los sacrosantos derechos mercantilistas como ley última que ha de regir la adquisición de cualquier bien. Los Estados, inmersos en políticas neoliberales, no son capaces de conseguir que la industria baje el precio de los medicamentos, ya que el respeto a los intereses comerciales de las compañías, está para ellos por encima del respeto a los derechos de las personas. Se trata, por tanto, de un problema político, similar al que nos encontramos con otros derechos fundamentales del ser humano, como los alimentos, el agua o la vivienda. Por otro lado, los organismos gubernamentales encargados de supervisar la idoneidad de nuevos fármacos, están financiados en gran medida por la propia industria, lo que constituye la mayor perversión del sistema. De ese modo, novedades terapéuticas que no aportan beneficios significativos, son elegidas en lugar de otras más baratas, cuyas patentes han expirado, lo que aumenta de forma innecesaria el gasto de los Sistemas Sanitarios y hace crecer la deuda de muchos países, todo ello para mantener el beneficio de las compañías cuyas patentes antiguas van caducando.

En España, el panorama es similar al resto del mundo occidental, con una fase estacionaria en la industria farmacéutica. En España existen 187 laboratorios, de los cuales, 72 son de capital nacional. La producción no solo abastece al mercado nacional, sino que se exporta en buena medida a Europa, siendo España el quinto productor europeo. El gasto del SNS estaba estancado hasta este último año, debido a los recortes de precios y al copago. Sin embargo, el pasado año ha experimentado un aumento por el incremento del gasto hospitalario, debido sobre todo a nuevas terapias para el cáncer, el VIH o la hepatitis C.

QUÉ PODEMOS HACER

Puesto que el problema es político, la solución solo puede ser política. Para ello, necesitamos un gobierno anticapitalista, que será el único capaz de enfrentarse a las transnacionales.

Medidas posibles en España:

– Revertir los recortes, la desfinanciación y las privatizaciones del SNS que han tenido lugar en las últimas dos décadas y media.

– Endurecer las negociaciones de precios de los medicamentos financiados por el SNS, exigiendo precios razonables para los fármacos innovadores o aplicando las medidas excepcionales que prevé la Constitución para casos de emergencia social (expropiación de patentes).

– Transformar el actual laboratorio farmacéutico militar en un centro para la fabricación de medicamentos huérfanos o para enfermedades raras, así como de las patentes que se hayan expropiado por interés general.

– Independizar los organismos reguladores de la industria. Centralizar la información de novedades terapéuticas, evitando las visitas médicas a los centros del SNS.

– Establecer un nuevo sistema de remuneración de los farmacéuticos, independiente de los precios. En algunos países europeos existe la remuneración por acto de dispensación. Su coste es ajustable a la situación del sector y de la capacidad de financiación del SNS. De ese modo, la negociación con la industria farmacéutica podrá ser más efectiva, sin la posibilidad de que tomen de rehén al último eslabón de la cadena.

– Organizar la formación continuada del personal sanitario al margen de la financiación de la industria farmacéutica.

– Establecer criterios facultativos de gestión coste/efectividad en los centros sanitarios del SNS, abandonando los criterios meramente económicos. Aplicar la co-responsabilidad en la actuación del personal sanitario.

Referencias:

Informe Aspime 2015

Historia de la Farmacia, M.J. Pérez Fontán

The truth about the drug companies, Marcia Angell

Farmaindustria

FDA

ICH

 

Fuente:   http://www.colectivoburbuja.org/ana-barba/industria-y-sector-farmaceuticos-situacion-en-espana/

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